Por Rosana Portelli

 

EL MUNDO está lleno de recetas que especifican lo que deben hacer las jóvenes para agradar a los hombres y atrapar un marido. Sin embargo, me da por pensar a veces que los sabiondos que las formulan han enfocado mal el problema. Despertar el interés de un varón nada tiene de difícil. El 90 por ciento de las niñas ya han perfeccionado este don el día que comienzan a comer por si solas.

  • Recuerdo una demostración de ese talento innato hecha por una pequeña de mi familia cuando tenia cuatro años. Salimos las dos un domingo por la tarde a hacer una visita. Entramos a la hora del cóctel y encontramos un nutrido grupo de personas adultas. Cuando llegó el momento de despedirnos, la muy viva se me soltó de la mano, atravesó el salón y dirigiéndose al mejor plantado de los caballeros presentes, le dijo con una voz capaz de derretir una peña: “¿Quiere hacerme el favor de atarme la cinta del sombrero?”.

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Si no todas las chicas pueden tocar de oído esta música con la misma habilidad, generalmente al llegar a los 18 años han aprendido por lo menos a tararear la melodía. Es más: han adquirido la capacidad de interesarse en forma inteligente en cuanta cosa cautiva a su presa. Si el caso lo requiere, pueden deslizarse en esquís por las más escarpadas laderas, arrizar una vela o escuchar por horas y horas sonidos de locomotoras en aparatos de alta fidelidad.

  • No obstante, esto de llevarse bien con los hombres no es lo verdaderamente importante. Lo vital es poder entenderse con uno solo. Y en lo que esto respecta, se me hace que nuestras madres y abuelas sabían más que nosotras.

 

Para empezar, apreciaban su suerte. Nunca dejaron de felicitarse por haber tenido la buena fortuna de casarse. Toda mujer en sus cabales sabe que es ella la que más probabilidades tiene de salir ganando con el matrimonio. La escritora francesa Simona de Beauvoir, insiste en que los hombres inventaron el himeneo para mantener a las mujeres en un puesto inferior. Pero, ¿Por qué iba el hombre, deliberadamente, a esforzarse por crear una institución tan estorbosa para su libertad, tan irritante para su indómito espíritu y, por encima de todo, tan cara? No; el matrimonio fue idea femenina y el hombre por haber aceptado el seductor yugo, se ha hecho acreedor a nuestra gratitud.

  • Si alguna vez me sintiera lo suficientemente intrépida como para enseñarle a mis hijas la manera de cuidar y amansar maridos, pondría la gratitud al frente de la lista. Es una forma de halagar más sincera que la imitación, y por ella el hombre soporta mucho: derroches, exceso de condimentos en los guisos, o la propensión a la sinusitis. La gratitud es mejor que la caridad para cubrir multitud de faltas.

 

 

Por lo general cada uno tiene sus propios defectos, pero una mujer que se lleva bien con su marido, sabe también como hacer frente a estos: los adopta. Los matrimonios más felices que conozco, tal vez sin darse cuenta, han solucionado así el problema. ¿Es el amo de la casa impuntual cuando concertamos una cita con él? ¿Toma demasiado café, ensucia todos los ceniceros, enciende las luces y olvida apagarlas? ¿Saquea con frecuencia la nevera y deja vacías las bandejitas de hielo? ¿Entra en la sala y pisa la alfombra con botas con que ha estado trabajando en el jardín? No perdamos la serenidad. Seamos impuntuales también, dejemos que las bombillas se quemen, que el barro se acumule en la alfombra y que el hielo se derrita en el vertedero de la cocina. Las faltas compartidas son tan cómodas como las chinelas.

 

Después de la gratitud, y para ornamentarla, yo pondría la apreciación, especialmente de la inteligencia. El hombre que se casa espera encontrar unas cuantas desilusiones. Sabe que antes del desayuno su consorte parecerá una parienta fea de la criatura deslumbrante con quien acostumbraba bailar. Se ha hecho a la idea de las redecillas para el cabello y las batas de baño de franela. Con lo que no ha contado es con una mujer que, o interrumpe su ultimo chiste con un “No te olvides querido, de llamar al carpintero para que arregle esa ventana”, o responde a su agudeza con una fría mirada.

  • Veamos, solo hay tres consejos en la lista. Parece que es muy poco lo que he acumulado en más de 20 años. ¿Qué tal eso de arreglar una mesa bien linda para el marido? ¿Y no será aconsejable mantenerse esbelta y seductora, o hacer preguntas inteligentes sobre cuestiones de negocios, o salirse con la suya calladamente?

 

Tendré que reconocer que soy un mal oráculo. He visto matrimonios que se deshacen como ropa mal cosida; he conocido otros tan firmemente soldados como barcos de guerra, y nunca descubrí la razón. Una buena ama de casa puede fracasar mientras que una mala prospera.

En cuanto a qué constituye el atractivo físico, es punto también discutible. Tengo una amiga tan miope que ni siquiera puede leer el nombre de un restaurante. Sin embargo, deja los anteojos en casa porque el marido encuentra que no le quedan bien. Ella, feliz. Conozco asimismo una talentosa novelista que ni siquiera sabe abotonarse correctamente el suéter; es más, se olvida de pintarse lo labios. Y el marido no le ha dirigido una palabra dura en muchos años.

Conozco mujeres felices que saben más de negocios que sus maridos y otras, igualmente felices, que creen que un corredor de bolsa tiene algo que ver con la pista de carreras. Y en cuanto a la ultima pregunta, no sabría qué contestar. En un matrimonio feliz no existe eso de “salirse con la suya”. Solo hay una meta común, y la única forma de llegar a ella es seguir ambos por una misma senda aunque esta sea difícil y llena de obstáculos.

Si se me presionara podría agregar algo tan simple que de puro viejo parece nuevo. Se refiere a la selección de un apropiado árbol genealógico. Nada ayuda tanto a llevarse bien con un hombre como saber que él desciende de una larga línea de antepasados monógamos.

  • Ahí tendría que terminar la lista: gratitud, un oído atento, participación en las faltas y una firme convicción de que el matrimonio se estableció para durar. Estas cuatro cosas son todo lo que tengo que ofrecer. Pueden parecer armas pobres en el arsenal de una esposa. Más, ¿para qué quiere ella armas si tuvo la suerte de casarse y sabe valorar su estado?

 

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